Quince Nudos – Un Sol Guía Repsol 2024: precisión y placer frente al Cantábrico

En pleno corazón de Asturias, Quince Nudos demuestra por qué luce con orgullo su Sol en la Guía Repsol 2024. Aquí no se trata solo de comer bien: es un viaje que combina técnica, producto y ese algo especial que hace que te marches pensando “ya volveré”.

El primer contacto con la mesa llega con una espuma de guacamole con perlas de salmón ahumado: ligera, fresca, y perfecta para abrir apetito. Un comienzo que no alardea, pero que deja claro que el chef sabe lo que hace.

Le sigue el salpicón de lubina en versión ceviche, y aquí no hay rodeos: fresco, con un picante justo y ese toque cítrico que levanta cualquier día gris. Sinceramente, rozando la perfección.

Los carabineros, de un tamaño que merece respeto, se presentan cocinados con precisión milimétrica. Nada de florituras innecesarias: pura esencia de mar. En cambio, las ostras con mantequilla y sidra de hielo son otro juego: sedosas, con un contraste ácido que realza el sabor a mar sin taparlo.

La caza llega con un tartar de venado clásico que no necesita trucos… salvo uno: un helado de mantequilla tostada que sorprende y conquista. Untuoso, aromático, y que junto al pan artesano convierte el plato en algo que recordarás.

La oreja de cerdo guisada es de esas que no necesitan presentación para los que saben. Melosa, sabrosa y con ese punto que solo se consigue cuando el cocinero tiene claro que lo bueno no se improvisa.

El arroz con pichón fue una apuesta, y acertamos de lleno. Sabor intenso, grano en su punto, y un fondo que pide silencio para poder disfrutarlo. Entre plato y plato, unos quesos cortesía de la casa, con un ahumado que dejó muy buen recuerdo.

En el cierre dulce, la tarta tatin de manzana estuvo correcta, aunque confieso que no soy de postres calientes. Muy distinta la experiencia con el volcán de chocolate blanco: cremoso, aromático, y de los que obligan a cerrar los ojos al primer bocado. El mantecado flambeado merece mención aparte: receta clásica, helado interior bien ejecutado y un merengue perfecto. A veces lo vintage también enamora.

Todo acompañado de un Cabernet Sauvignon de 2001 en magnum seleccionado por el sumiller. No nos equivocamos dejándonos llevar: un vino elegante, con cuerpo y matices que acompañaron todo el recorrido.

Quince Nudos no solo cuida el producto y la técnica: cuida al comensal. Aquí cada plato se sirve con intención, y eso se nota. Uno sale con el estómago lleno, la mente satisfecha y la sensación de haber vivido algo que merece contarse.

Restaurante la Molinuca

La experiencia empezó de la mejor manera: una tabla de quesos bien seleccionada —sabrosos, equilibrados, sin estridencias— acompañada de buena sidra natural. Un combo astur-leonés que nos metió rápido en ambiente. A partir de ahí, nos sentamos a la mesa con ganas de probar cosas.


La cecina de León cumplió con nota: sabor intenso, buen punto de curación, ni seca ni aceitosa. Agradable comienzo. Las croquetas variadas, sin embargo, se movieron en terreno irregular: algunas con buena bechamel y sabor definido, otras más planas o algo pasadas de punto. Estaban buenas, sí, pero no para aplaudir de pie. Digamos que hay margen para afinarlas.
Luego vino un capricho personalizado: pedimos la sartén de callos sin patatas —solo queríamos el alma del plato— y nos lo concedieron sin problema. Buen gesto para disfrutar de un buen plato, unos callos correctos, ninguna pega que poner.


El chuletón de buey, plato principal, se vendía a 110 €/kg. La pieza tenía calidad, el sabor era bueno, pero llegó ligeramente frío en el centro. Un par de minutos más en el fuego le habrían sentado de maravilla. No dijimos nada porque se dejaba comer con gusto, pero lo cierto es que el precio no se ajustaba del todo a la experiencia. Para los que tenemos rodaje con la carne, el equilibrio entre coste y placer aquí se quedó un poco corto.


Los postres caseros sí que fueron un cierre redondo: sabores auténticos, bien ejecutados, con cariño. De esos que te reconcilian con la sobremesa.
¿Lo mejor? El trato del servicio, cercano y atento, y la implicación del cocinero, que salió a saludar y comentar platos. Echamos en falta una bodega con algo de vino un escalón superior, par nada acompañó el chuletón. La experiencia fue buena y con potencial de ser mejor.

Localización

@rikyphoto_

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♬ La Grange (2019 Remaster) – ZZ Top

Restaurante Alenda

Un menú con alma asturiana y técnica sin disfraces
Crónica de una experiencia para saborear con calma (y con sonrisa)

El otro día me pegué un homenaje de esos que se recuerdan con sonrisa tonta. Fui a probar un menú degustación que empieza suavecito, pero va subiendo como una buena canción. Os cuento plato a plato, sin postureo, pero con hambre solo de recordarlo.

Aperitivos
Arrancamos con una croqueta de jamón que ya apuntaba maneras: crujiente por fuera, cremosa por dentro, servida sobre una cuchara de cerámica rústica, muy fotogénica, todo hay que decirlo. Después vinieron estos maravillosos buñuelos rellenos de un queso también maravilloso, el 3 leches de Pría —un bocadito fantástico, intenso pero suave, de esos que no sabes si te acabas uno o cinco. Y cerramos el trío de entrantes con un torto de tartar de ternera asturiana y kale crujiente. Mezclamos cocina tradicional con moderna, y ese toque del kale crujiente le iba fantástico al tartar, aportando textura y un punto verde que redondeaba el bocado.

Espárrago blanco y emulsión de higuera
Y aquí empezó la parte seria. El espárrago estaba perfecto de punto, carnoso, nada fibroso. Pero lo que me flipó fue la emulsión, realizada con la hoja de la figal: un sabor sutil, pero marcado, tal es así que me transportó a cuando era un crío y jugábamos en la figal de mis abuelos. Impresionante.

Calamar, levadura y cebolla
Este fue de los más impactantes visualmente. Una espuma densa, casi como una ola en movimiento, con un pulpo en silueta negra coronando el plato. El calamar estaba tierno, casi mantequilla, y esa mezcla de levadura y cebolla aportaba un rollo ahumado y meloso a la vez. Muy original y sorprendente.

Setas, yema y carbonara
Este plato es otoño puro. Setas salteadas al dente, yema líquida escondida bajo una crema carbonara de escándalo, y por encima, migas crujientes que daban ese contraste que te hace cerrar los ojos. Uno de mis favoritos, sin duda.

Pesca del día
Aquí nos llegó un lomo de pescado (rubiel, creo), con la piel marcada y una salsa que parecía ligera pero que tenía mucha profundidad. Muy limpio, muy fino, de esos platos que respetan el producto y no lo disfrazan.

Berenjena asada, sardina y tomate preservado
Este me encantó por lo inesperado. La sardina estaba curada, encima de una berenjena con textura de mousse, y ese jugo con aceite verde que rodeaba el plato era una bomba umami. Las flores encima parecían decoración, pero también sabían.

Pichón de Bresse
El plato más potente. Carne roja, jugosa, con esa piel crujiente que te hace feliz. Lo sirvieron con su muslito aparte y una salsa oscura con carácter. Un platazo para los carnívoros del grupo.

Cremoso de hoja de naranjo
Aquí empieza el dulce. Cremoso de textura suave y sabor delicado, como si la hoja de naranjo fuese una esencia fresca que se cuela sin empalagar. Muy sutil, muy aromático. De esos postres que limpian el paladar sin pasarse.

Esponja de chocolate
Y para cerrar, lo que parece una esponja de baño pero que sabe a gloria. Chocolate aireado hasta lo imposible, con un helado de avellana cremosísimo y unos churretes de tofe que rompían la dulzura con un puntito tostado y adictivo. El final perfecto.

Y un apunte necesario: el trato en sala.
Espectacular. Lola emana simpatía a raudales, muy atenta, siempre te habla con una preciosa sonrisa, haciendo la estancia muy agradable. Es de esas personas que hacen que la experiencia se eleve, sin necesidad de grandes discursos: con humanidad, cercanía y saber estar.

Y por si fuera poco…
En una sala pequeña de tan solo 4 mesas, este restaurante hace que te sientas como en casa. Tranquilo, íntimo, con ese encanto que ya no se encuentra en todas partes. Merece la pena repetir las veces que haga falta.

Ubicación

Casa Cirana …

Era la primera vez que visitaba este local, y aunque iba con buenas expectativas, debo decir que no solo no defraudó, sino que dejó ganas de volver. Cocina moderna, con producto bien elegido, platos equilibrados y una estética minimalista muy cuidada.

La experiencia arrancó con un detalle de la casa: purrusalda y mantequilla ahumada, un bocado cálido y sabroso, ideal para abrir el apetito con elegancia.

Seguimos con un chicharro en salazón con escabeche de calabaza y caviar de trucha. Un plato armonioso, con buen juego de texturas y sabores. Se notaban claramente todos los matices: salinidad, acidez, dulzor… muy bien pensado y mejor ejecutado.

Luego llegó la picaña de Tudanca ahumada con emulsión de anchoas. Producto de calidad, sin duda, aunque me pareció un plato que podría dar más de sí. Le faltaba un punto de intensidad o contraste que potenciara su sabor. Aun así, sabroso.

El siguiente pase, aunque no lo recuerdo del todo, consistía en guisantes con papada ibérica. Suaves, delicados, con esa untuosidad justa que aportaba la papada, elevando el plato sin que perdiera equilibrio.

La merluza al vapor con su propio pilpil fue, simplemente, espectacular. Ligera, sabrosa, con un pilpil fino que no enmascaraba el sabor del pescado. De esos platos que desaparecen del plato antes de poder hacerles una foto 😄.

Luego, un platazo curioso: callos de bacalao estofados con garbanzos. Un guiño entre mar y montaña que funciona gracias a su textura gelatinosa, el picante justo y ese sabor pegajoso que los verdaderos calleros apreciamos tanto.

El pulpo cocido en su propio jugo con col rizada fue otra sorpresa. Sabor profundo, cocción precisa, y ese punto de concentración que lo hacía muy especial. Sin florituras, pero con mucha intención.

Y como último pase salado, un lomo de ciervo de la tierra con reducción de Pedro Ximénez y lombarda con piñones. Plato potente, bien equilibrado y sorprendente, especialmente por la lombarda, que lejos de ser un acompañamiento de relleno, brillaba con luz propia.

Pasamos a los postres con un detalle que me pareció un acierto total: una pequeña degustación de quesos. Para mí, el queso debería ser obligatorio al final de cualquier comida, y aquí se agradece ese respeto por los sabores intensos también en el postre.

Y para cerrar, una mousse de queso fresco con emulsión de calabaza y canela. Sorprendente, suave, aromático y sabroso. Un final dulce sin empalagar, muy bien resuelto.

Todo el menú fue acompañado por dos vinos franceses recomendados por el dueño. Elegantes, fáciles de beber, y muy bien integrados con los sabores suaves y refinados del menú.

Para terminar: buen café y una copa de crema de orujo artesanal de un pequeño productor local. El broche perfecto a una experiencia gastronómica redonda.

Restaurante Acebuche

Un festín diseñado a medida: precisión, sabor y armonía

En mi primera visita a este restaurante, decidí diseñar mi propio menú degustación a partir de los platos para compartir. Una experiencia que, lejos de ser un simple recorrido por la carta, se convirtió en un festín de matices bien equilibrados y ejecución impecable.

Comencé con un clásico que nunca falla: un jamón ibérico de excelente calidad, pleno de aroma y sabor.

El segundo plato fue un carpaccio de solomillo de bellota, dispuesto sobre una base de ensaladilla que parecía elaborada con bonito, aunque no confirmé este detalle. Más allá de la incertidumbre, la combinación funcionaba a la perfección: la carne, fina y sedosa, encontraba en la ensaladilla un contrapunto cremoso que realzaba su delicado sabor.

A continuación, me dejé sorprender por una recomendación fuera de carta: unos níscalos salteados, coronados con una yema de huevo que, al romperse, envolvía el conjunto con una textura sedosa y un sabor profundo. Un plato que brillaba por su sencillez y equilibrio.

El cuarto fue, sin duda, el plato estrella del día: unas mollejas de ternera con salsa de oloroso y crema de yuzu. Perfectamente doradas por fuera y de interior jugoso y tierno, estas mollejas ofrecían un contraste de texturas impecable. La profundidad del jerez y el toque cítrico del yuzu añadían equilibrio y sofisticación, convirtiéndolo en un platazo.

El quinto fue una entraña perfectamente en su punto, acompañada de pimientos del piquillo confitados y un interesante dúo de salsas: un pesto de albahaca , y una emulsión de berenjena que aportaba cremosidad y un sutil toque ahumado.

El sexto plato, otro fuera de carta, fue una sorpresa: unos callos que combinaban la untuosidad clásica de este guiso con una textura más aterciopelada, gracias a la cremosidad que aportaba el yuzu. Un giro inesperado pero brillante.

Para cerrar la comida, un postre que estuvo a la altura: un tocinillo de naranja, delicado, aromático y equilibrado en dulzor, acompañado de una copa de Pedro Ximénez Lagar Blanco, cuya intensidad y notas pasificadas redondeaban el final de la experiencia.

A lo largo de la comida, disfruté de un magnífico vino: Finca los Hoyales 2014, de la bodega Cruz de Alba. Un tinto de color granate intenso que, en nariz, desplegaba una complejidad fascinante, con marcadas notas de fruta negra, especias y un sutil fondo balsámico, integrados con una madera elegante y bien equilibrada. En boca, se mostraba estructurado y sabroso, con carácter pero sin perder la finura que lo define. Su persistencia estaba marcada por recuerdos de fruta negra madura, torrefactos y un final aterciopelado que armonizaba a la perfección con los platos más contundentes del día.

Mención especial merece el servicio: atentos, eficientes y con ese equilibrio entre cercanía y profesionalidad que hace que la experiencia gastronómica alcance su máximo esplendor.

Sin duda, este restaurante ha sido un gran descubrimiento y, para mí, es el mejor de Zafra. Una comida memorable, donde el producto de calidad, la técnica impecable y la armonía en los sabores se unieron para ofrecer una experiencia gastronómica de primer nivel.

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