Este pequeño local consigue precisamente eso: abrir una ventana a Grecia sin salir de la mesa. La experiencia es claramente internacional, con una cocina que invita a probar diferentes preparaciones tradicionales helenas, donde cada plato parece contar un trocito del Mediterráneo oriental.
En general, todo lo que probamos estaba francamente bueno. Sabores intensos, cocina reconocible y honesta, con ese punto casero que siempre se agradece. Especial mención merece el plato de embutidos, probablemente el más contundente de la comida. Potente, sabroso y muy bien equilibrado, de esos platos que llegan a la mesa con carácter y cumplen lo que prometen desde el primer bocado.
Si hay un hilo conductor en muchos de los platos, ese es el queso feta. A quien le guste lo va a disfrutar, porque aparece con generosidad. Quizá incluso demasiada, al menos para mi gusto personal. El feta es fantástico, pero cuando aparece en casi todo, acaba robando protagonismo a otros sabores que también merecen lucirse.
El local, por su parte, es pequeño, acogedor y con mucho encanto. Un espacio bonito, bien cuidado y con una atmósfera agradable. Además, el servicio fue de primera: cercano, atento y muy profesional, algo que siempre suma puntos en cualquier experiencia gastronómica.
La única pega, y no menor, está en el mobiliario. Las mesas altas con taburetes altos pueden funcionar bien para una copa o un picoteo rápido, pero para una comida tranquila resultan poco cómodas y terminan restando parte del disfrute.
En definitiva, un sitio que merece la pena conocer para descubrir su cocina y probar algunos de sus platos más representativos. Personalmente no creo que vuelva, principalmente por la incomodidad de las mesas, pero sí lo recomendaría a cualquiera que tenga curiosidad por la gastronomía griega y quiera vivir una pequeña escapada culinaria al Mediterráneo.
En Zafra, tierra donde el ibérico no es un lujo sino cultura, hay restaurantes que viven de la fama del producto… y otros que entienden que el producto es solo el principio. Restaurante Acebuche pertenece claramente al segundo grupo.
Esta ha sido mi segunda visita en un año, una distancia temporal suficiente para comprobar si lo que uno recuerda era entusiasmo momentáneo o una cocina realmente sólida. La respuesta fue clara desde los primeros bocados: aquí hay criterio, producto y una idea de cocina bien definida.
Detrás del restaurante está una joven pareja: él argentino, ella de Zafra. Entre los dos sostienen sala y cocina con cercanía y buen pulso. Sin grandes gestos, pero con un nivel de atención que se agradece. No sorprende que el restaurante haya sido recientemente incorporado a la guía Macarfi, una distinción que suele señalar casas donde el trabajo bien hecho pesa más que el ruido mediático.
La comida comenzó con empanaditas argentinas de ternera extremeña y chimichurri. Pedí dos para probarlas y fue una buena decisión. Masa crujiente, relleno jugoso y un equilibrio de sabor muy bien afinado. Una empanada como debe ser: sencilla en apariencia, pero técnicamente impecable.
El jamón ibérico de bellota, en esta tierra, no admite demasiadas interpretaciones. Buen corte, grasa brillante y ese perfume profundo que sólo da la dehesa. Producto puro y respeto por él.
Uno de los platos más interesantes fue la ensaladilla con tartar de gambones. Sobre una base cremosa y bien trabajada aparecía un tartar de gambones con toques cítricos y una delicada salsa de marisco. El resultado era fresco, equilibrado y muy sabroso. Un plato que demuestra que incluso una ensaladilla puede jugar en otra liga cuando se piensa bien.
El vitel toné, reinterpretado con carpaccio de solomillo ibérico, aportaba un guiño evidente a las raíces argentinas de la casa. La salsa, bien afinada, evitaba la pesadez que a veces arrastra este plato, y las alcaparras fritas añadían el punto crujiente que completaba el conjunto.
El momento culminante llegó con la presa de bellota 100 % ibérica, unos 400 gramos de carne que aquí se tratan con el respeto que merece. La presentación sorprendía: colocada sobre una pequeña parrilla que parecía utilizada más para perfumar con humo que para cocinar. La carne llegaba en un punto perfecto, rosada, jugosa y con esa textura que solo ofrece un buen ibérico.
Acompañaban unas patatas y una crema que juraría era de hongos, aunque en ese momento no tomé nota. En cualquier caso, el conjunto funcionaba con precisión: acompañamientos discretos que dejaban que la presa fuese la protagonista absoluta.
Un detalle que conviene mencionar es el pan. Aquí no aparece como un mero acompañamiento. Pan de cristal, pan de queso y pan artesano, todos bien elaborados y con personalidad propia. Pequeños gestos que hablan del nivel de la casa.
El final dulce llegó con bizcocho húmedo, crema de queso fresco, melaza de limón y mantecol. Un postre refrescante y bien equilibrado, donde el limón aportaba frescura y la crema de queso suavizaba el conjunto. Un cierre elegante, sin excesos.
La comida estuvo acompañada por Mirto 2016, uno de los vinos más serios de Bodegas Ramón Bilbao, elaborado con tempranillo de viñas viejas en Rioja DOCa. La añada 2016 muestra un perfil profundo y equilibrado, con fruta negra madura, notas especiadas y una madera perfectamente integrada. Un vino con suficiente estructura para acompañar la presa ibérica sin perder elegancia.
La comida terminó, como debe terminar una buena mesa, con una copa de vino oloroso acompañando el postre y una sobremesa tranquila.
En un panorama gastronómico donde muchos restaurantes se pierden entre artificios y modas pasajeras, Restaurante Acebuche apuesta por algo mucho más difícil: cocinar bien y de forma constante.
Mi segunda visita confirma algo que no siempre ocurre en restauración: la regularidad. Y cuando un restaurante demuestra que sabe repetir el nivel, deja de ser una buena comida puntual para convertirse en un lugar al que merece la pena volver.
Y volveré.
Y ahora, para que se entienda aún mejor todo lo contado… os dejo algunas fotos de los platos.
Fuimos dos personas a comer a La Ventana y, como la carta tenía varios platos que llamaban la atención, decidimos compartir cuatro para poder probar un poco de todo.
Empezamos con el tartar de pato, un plato muy bien trabajado: carne sabrosa, aliño equilibrado y buenas sensaciones desde el primer bocado.
Después llegaron los caracoles, con una salsa potente y un toque picante que les sentaba muy bien. Un plato correcto y disfrutable, de esos que apetece seguir mojando pan.
El siguiente pase fueron los callos con huevo poché. Estaban buenos, pero resultaron bastante suaves. Se echaba en falta esa textura gelatinosa y golosa típica del guiso tradicional, quedándose en una versión más ligera.
Cerramos la parte salada con el tataki de venado. La carne tenía calidad y buen punto, aunque la cantidad de salsa restaba protagonismo al sabor propio del venado, que merece brillar por sí solo.
En los postres, la mousse de limón con helado de mandarina aportó frescura y acidez agradable, especialmente para los amantes de los cítricos. Pero la gran sorpresa fue la tarta de queso: cremosa, intensa y muy lograda, uno de esos postres que invitan a repetir.
Todo ello lo acompañamos con un Ribera del Duero Pago de Valtarreña 2020, un vino que redondeó muy bien la comida y elevó la experiencia.
En conjunto, La Ventana ofrece una cocina cuidada y con buena materia prima. Algunos platos destacan claramente y otros agradecerían pequeños ajustes, pero la experiencia global es satisfactoria y recomendable para disfrutar de una buena comida en Santander.
Cuando el prestigio se sienta a la mesa y el comensal queda de pie
Güeyu Mar es un restaurante que ya no se presenta, se impone. Su nombre pesa, su discurso está asentado y su fama le precede con la solidez de lo indiscutido. Quizá ahí resida el problema: cuando un restaurante deja de necesitar al comensal para reafirmarse, algo empieza a torcerse.
La carta es escasa, no como ejercicio de síntesis, sino como mecanismo de control. Las opciones son pocas y, de manera especialmente desconcertante, no existe una oferta real de mariscos a la brasa. En un restaurante cuya identidad gira en torno al fuego, esta ausencia no se percibe como una decisión creativa, sino como una limitación deliberada. El homenaje que uno esperaba darse queda, desde el primer momento, filtrado.
La situación roza lo incomprensible cuando se constata que hay bogavante para el salpicón, pero no existe la opción de llevarlo a la brasa. El producto está disponible, pero la elección no. No es una cuestión de mercado ni de temporada, sino de planteamiento. Y el mensaje es claro: aquí no se viene a decidir, se viene a aceptar.
A partir de ahí, la experiencia se observa con distancia crítica. La presencia constante de conservas propias en la carta refuerza esa sensación. No se cuestiona su calidad, sino su obligatoriedad. Comer de lata, aunque sea “de la casa”, no debería convertirse en un peaje inevitable en un restaurante de este nivel, y menos aún cuando los precios prometen libertad, producto y disfrute. Se paga como si se eligiera, pero no se elige.
El inicio, con un paté de sardinas de cortesía servido con un pan frito impropio del nivel que se presume, confirma que los detalles no siempre acompañan al relato.
Los pimientos del piquillo a la brasa funcionan, bien ejecutados, con bonito de sus conservas. El salpicón de bogavante es uno de los mejores pases, equilibrado y bien medido. Los guisantes con cococha muestran técnica, buen pil-pil y producto. En estos platos se intuye el restaurante que podría ser si decidiera abrirse un poco más al comensal.
Las angulas, correctas, dejan una conclusión incómoda: salvo ocasiones muy concretas, el resultado no justifica el precio. El sabor final depende más del acompañamiento que del producto, algo difícil de asumir en este contexto.
El rey a la brasa cumple sin errores, pero también sin emoción. Correcto, que en un restaurante de esta categoría empieza a saber a poco.
El queso Gamonéu, excelente. Los postres, a buen nivel, con un helado de higos especialmente logrado.
El servicio mantiene una corrección distante. El sumiller aporta simpatía, aunque tan ensayada y repetida que termina resultando mecánica. Cuando la cercanía se convierte en guion, pierde credibilidad.
La selección de vinos es impecable y probablemente el apartado más sólido de la experiencia.
Güeyu Mar cocina bien, tiene producto y domina la técnica. Pero en esta visita deja la sensación de ser un restaurante que ya no busca complicidad, sino adhesión. Decide por el comensal, limita su libertad y confía en que el peso de su nombre sea suficiente. Se come bien, sí, pero se sale con la impresión de que el cliente es un actor secundario dentro de un relato cerrado.
Y cuando un restaurante de este nivel deja de escuchar a quien se sienta a su mesa, el problema no está en la cocina, sino en la actitud.
Ir a Gamberro, en Zaragoza, es como dejarte liar por un colega que sabes que te va a meter en algún marrón, pero que al final siempre compensa. 17 pases, cero explicaciones, el chef hace lo que le da la gana y tú pagas por dejarte dominar. Y oye, lo disfrutas.
Aquí nada es normal: los platos parecen salidos de un after, los cubiertos son más performance que utensilio y la sensación constante es de “me están vacilando… pero qué bien lo hacen”. Y ojo, no es humo: detrás del show hay técnica y sabores que te levantan las cejas más de una vez.
Eso sí, entre tanta sorpresa también hubo dos resbalones: la paella slim y el air pizza. No estaban malos, pero en un menú que va a machete en creatividad, se quedaron en cañonazo de fogueo. Todo lo demás, un festival.
Los vinos bien escogidos ayudan a que todo fluya, y el equipo de sala tiene la virtud de reírse contigo, no de ti. Son cómplices del juego, no figurantes.
Conclusión: Gamberro no es para todos. Si buscas mantel blanco, silencio sepulcral y cocina que se crea más lista que tú, mejor quédate en casa. Si lo que quieres es un viaje gamberro, provocador y con riesgo de adicción, aquí tienes tu sitio.
MENU GAMBERRO “Oliva” Mejillones en escabeche Tartar de vaca – Salsa XO – Crema de brioche tostado Croqueta de gambas al ajillo thai – Miso azul Paella Slim Guardia civil 2.0 Air pizza Sesos en tempura de maíz nixtamalizado y alioli de perejil Una mañana en el pirineo cogiendo Setas y Hongos: Chawanmushi y Takoyaki Esparraguines, foie y salsa de champagne y codium Trucha del pirineo curada – Melocotón gochugaru – Sopa de coco y caviar de trucha Vieira, holandesa de naranja y umeboshi y lagrimas de cítricos Merluza madurada en Koji – Emulsión de su proteína a la brasa y su Carrillera en tempura – Plancton Mollejas de ternasco glaseadas, mantequilla de coliflor, kimchee y salsa de tapioca-mostaza Ciervo, mole y maiz Ajonegro, cacao, chocolate blanco y melocotón de Calanda Esparrago, limón y menta Mariposa de chocolate y caramelo Chocolate casero de te matcha Brownie especiado y dulce de leche