Fumu Omakase (Gijón): cuando el talento brilla… y a veces se apaga
Había ganas de conocer Fumu. Su propuesta de menú degustación japonés fusionado prometía una experiencia diferente, cuidada y basada en el producto. Y después de sentarme a la mesa durante más de dos horas y recorrer sus dieciséis pases, la sensación que me quedó fue bastante clara: hay mucho nivel en esta cocina, pero también una cierta irregularidad que le impide redondear una experiencia realmente memorable.
Lo primero que llama la atención es el protagonismo absoluto del pescado. Desde los primeros pases queda claro que aquí saben tratar el producto. Algunos nigiris fueron sencillamente espectaculares, con ese equilibrio tan difícil de conseguir entre textura, grasa, temperatura y sabor. Esos bocados que desaparecen en segundos y dejan ganas de pedir otro inmediatamente.
También hubo platos calientes muy interesantes, algunos con una untuosidad y una profundidad de sabor que demostraban trabajo, cariño y conocimiento. Cuando Fumu acierta, acierta de verdad.
El problema es que no siempre acierta.
A lo largo del menú aparecieron varios platos que parecían pertenecer a dos restaurantes distintos. Mientras unos explotaban de sabor, otros se quedaban a medio camino. En más de una ocasión me encontré buscando matices que simplemente no estaban allí. Algunos pases resultaron excesivamente tímidos, con sabores apagados y sin una dirección clara.
Dos ejemplos especialmente representativos fueron algunos de los platos de pescado más desnudos del menú. Visualmente impecables, técnicamente correctos, pero faltos de emoción. El producto estaba ahí, sí, pero el sabor no terminaba de acompañar. Y cuando hablamos de cocina japonesa, donde muchas veces todo depende de la calidad del corte y del equilibrio del bocado, esa diferencia se nota muchísimo.
Otro detalle que me dejó dudas fue la parte «fusión» de la propuesta. Entiendo perfectamente la libertad creativa de un chef, pero hubo momentos en los que la conexión entre platos parecía algo difusa. El ejemplo más evidente fue un marmitako que, sin estar malo en absoluto, daba la sensación de haberse colado en un menú que estaba contando otra historia. Funcionaba como plato aislado, pero costaba encontrarle encaje dentro del conjunto.
Más allá de la comida, tampoco terminé de conectar con algunos aspectos de la experiencia. La comida se desarrolló en una mesa alta, bastante menos cómoda que una mesa convencional para una degustación tan larga. Puede parecer un detalle menor, pero cuando llevas más de dos horas sentado, esos detalles cuentan.
Y el final tampoco fue especialmente brillante. Tras completar el menú no hubo posibilidad de tomar un café. Desconozco si fue por falta de servicio, por horario o porque simplemente no disponen de cafetera, pero la sensación fue extraña. Si se ofrecen reservas a las tres de la tarde para un menú de dieciséis pases, el cliente no debería sentir que llega tarde al final de la experiencia por una cuestión organizativa que no depende de él.
¿Merece la pena visitarlo? Sí.
¿Comí bien? También.
¿Volvería decepcionado? En absoluto.
Pero tampoco salí pensando que acababa de descubrir uno de esos restaurantes a los que necesitas regresar una y otra vez.
Fumu me dejó una sensación curiosa: la de estar viendo destellos de algo muy grande, mezclados con momentos demasiado discretos para el nivel que pretende alcanzar. Hay calidad, hay técnica y hay personalidad. Lo que falta es encontrar una regularidad que convierta esas luces aisladas en una experiencia redonda de principio a fin.
Nota personal: 7,5/10. Un restaurante interesante, con platos excelentes y otros demasiado olvidables. Recomendable para conocerlo, aunque todavía no me dejó esa sensación de «tengo que volver cuanto antes».












