Un menú con alma asturiana y técnica sin disfraces
Crónica de una experiencia para saborear con calma (y con sonrisa)
El otro día me pegué un homenaje de esos que se recuerdan con sonrisa tonta. Fui a probar un menú degustación que empieza suavecito, pero va subiendo como una buena canción. Os cuento plato a plato, sin postureo, pero con hambre solo de recordarlo.
Aperitivos
Arrancamos con una croqueta de jamón que ya apuntaba maneras: crujiente por fuera, cremosa por dentro, servida sobre una cuchara de cerámica rústica, muy fotogénica, todo hay que decirlo. Después vinieron estos maravillosos buñuelos rellenos de un queso también maravilloso, el 3 leches de Pría —un bocadito fantástico, intenso pero suave, de esos que no sabes si te acabas uno o cinco. Y cerramos el trío de entrantes con un torto de tartar de ternera asturiana y kale crujiente. Mezclamos cocina tradicional con moderna, y ese toque del kale crujiente le iba fantástico al tartar, aportando textura y un punto verde que redondeaba el bocado.
Espárrago blanco y emulsión de higuera
Y aquí empezó la parte seria. El espárrago estaba perfecto de punto, carnoso, nada fibroso. Pero lo que me flipó fue la emulsión, realizada con la hoja de la figal: un sabor sutil, pero marcado, tal es así que me transportó a cuando era un crío y jugábamos en la figal de mis abuelos. Impresionante.
Calamar, levadura y cebolla
Este fue de los más impactantes visualmente. Una espuma densa, casi como una ola en movimiento, con un pulpo en silueta negra coronando el plato. El calamar estaba tierno, casi mantequilla, y esa mezcla de levadura y cebolla aportaba un rollo ahumado y meloso a la vez. Muy original y sorprendente.
Setas, yema y carbonara
Este plato es otoño puro. Setas salteadas al dente, yema líquida escondida bajo una crema carbonara de escándalo, y por encima, migas crujientes que daban ese contraste que te hace cerrar los ojos. Uno de mis favoritos, sin duda.
Pesca del día
Aquí nos llegó un lomo de pescado (rubiel, creo), con la piel marcada y una salsa que parecía ligera pero que tenía mucha profundidad. Muy limpio, muy fino, de esos platos que respetan el producto y no lo disfrazan.











Berenjena asada, sardina y tomate preservado
Este me encantó por lo inesperado. La sardina estaba curada, encima de una berenjena con textura de mousse, y ese jugo con aceite verde que rodeaba el plato era una bomba umami. Las flores encima parecían decoración, pero también sabían.
Pichón de Bresse
El plato más potente. Carne roja, jugosa, con esa piel crujiente que te hace feliz. Lo sirvieron con su muslito aparte y una salsa oscura con carácter. Un platazo para los carnívoros del grupo.
Cremoso de hoja de naranjo
Aquí empieza el dulce. Cremoso de textura suave y sabor delicado, como si la hoja de naranjo fuese una esencia fresca que se cuela sin empalagar. Muy sutil, muy aromático. De esos postres que limpian el paladar sin pasarse.
Esponja de chocolate
Y para cerrar, lo que parece una esponja de baño pero que sabe a gloria. Chocolate aireado hasta lo imposible, con un helado de avellana cremosísimo y unos churretes de tofe que rompían la dulzura con un puntito tostado y adictivo. El final perfecto.
Y un apunte necesario: el trato en sala.
Espectacular. Lola emana simpatía a raudales, muy atenta, siempre te habla con una preciosa sonrisa, haciendo la estancia muy agradable. Es de esas personas que hacen que la experiencia se eleve, sin necesidad de grandes discursos: con humanidad, cercanía y saber estar.
Y por si fuera poco…
En una sala pequeña de tan solo 4 mesas, este restaurante hace que te sientas como en casa. Tranquilo, íntimo, con ese encanto que ya no se encuentra en todas partes. Merece la pena repetir las veces que haga falta.