🍷 Restaurante Larepera — Ávila

Hay comidas que fluyen sin esfuerzo… y otras que van dejando detalles que te hacen pensar más de la cuenta. En Larepera, en Ávila, la experiencia se mueve justo en ese punto intermedio: luces, sombras y algún momento que sí merece pausa.


🍷 El vino — Baron de Chirel Reserva 2015

Aquí empieza todo como tiene que empezar.

Color rojo cereza profundo, capa alta y presencia seria. En nariz, fruta madura, especias y madera bien integrada. En boca es potente, con cuerpo, estructurado y con un final largo que se queda contigo un buen rato.

Dicho claro: vinazo. Lo esperado… y lo cumple.


🥩 Carpaccio de ternera

Buen sabor, pero con un pequeño tropiezo.

Algo aguado, probablemente por una congelación o descongelación poco fina. Y en un carpaccio eso no perdona, porque la textura es medio plato.

Se deja comer, pero no termina de brillar.


🧀 Queso crujiente (barraqueño)

Aquí aparece el punto creativo.

Una especie de empanadilla con queso en su interior, acompañada de vinagreta de tomate y aceite de albahaca. Un plato curioso, diferente, que funciona mejor de lo que parece sobre el papel.

No es inolvidable, pero se agradece la intención.


🥩 Steak tartar

Correcto y bien ejecutado al momento.

Pero la carne estaba demasiado picada, más cercana a máquina que a cuchillo. Y eso le quita personalidad, porque el tartar pide textura, pide morder.

Cumple… pero sin destacar.


🥩 Chuletón de ternera de Ávila

El plato que debería ser protagonista… se queda a medio camino.

La ejecución en cocina es correcta, el punto bien trabajado. Pero la presentación transmite cierta falta de mimo. Los cortes son gruesos, demasiado, y no en el sentido generoso, sino poco delicado.

Lo ideal es un corte más fino, cuidado, que te permita comerlo casi de un bocado. Aquí, en cambio, cada pieza exige cuchillo sí o sí, y eso rompe el ritmo del plato.

Y luego está el sabor: correcto, pero sin esa potencia o personalidad que uno espera cuando oye “ternera de Ávila”.

Buena carne, sí… pero sin ese punto diferencial que justifique la fama.


🧀 Tabla de quesos

Aquí el final se queda corto.

Tres quesos: Cabrales, parmesano y el mismo del plato anterior sin el crujiente. Sensación de tabla improvisada, escasa y con poco recorrido.

Con la variedad que hay, se queda muy por debajo de lo que podría ser.


🧠 Conclusión

Larepera deja una sensación irregular.

  • El vino marca el nivel 🍷
  • Hay intención en algunos platos 👌
  • Pero falta precisión, mimo y ambición en el conjunto

Sales satisfecho… pero con la sensación de que podría haber sido bastante más.

Rte La Solana, Ampuero

Volver al restaurante Solana ya no es una casualidad, es casi una tradición. Tercera visita… y lo tengo claro: es uno de esos sitios a los que hay que venir, como mínimo, una vez al año. Sin pensarlo demasiado.

Hay restaurantes que sorprenden una vez. Otros, dos. Pero lo realmente complicado es mantener el nivel cuando ya sabes a lo que vienes… y aquí no fallan. Ni una.

Describir los platos con precisión es prácticamente imposible. No porque sean complejos sin sentido, sino porque tienen tantos matices que cualquier intento de explicarlos se queda corto. Son de esos bocados que no se cuentan, se viven. Y ya está.

Aquí no vienes a “entender” cada plato al milímetro… vienes a disfrutarlo. Y punto.

Y si hay algo que vuelve a confirmar esta tercera visita, es cómo está construido el final del menú. Porque aquí es donde realmente se ponen serios. Donde el menú deja de insinuar… y empieza a apretar.

El cimarrón y almendra ya empieza a marcar ese cambio. Más profundidad, más intención. A partir de ahí, el menú entra en otra fase.

La sopa de pescado es puro fondo. De las que no necesitan explicaciones: sabor limpio, concentrado, directo. Cocina de la que se apoya en el producto y en el trabajo bien hecho.

Y luego llegan los callos de bacalao. Aquí ya se ponen serios de verdad. Suaves, melosos, con esa textura ligeramente pegajosa que es puro disfrute. De esos platos que no son para todos, pero cuando te gustan… te ganan. Profundos, sabrosos y con mucha personalidad.

La lenteja beluga aporta ese giro interesante, más serio, más de cuchara reinterpretada, con carácter y elegancia. De esos platos que te obligan a parar un segundo y pensar.

Y entonces llega el ciervo. Y ahí ya no hay dudas. Potente, profundo, con ese punto salvaje bien domado. Es el broche perfecto para un final que está claramente pensado para ir creciendo, para ir apretando, para cerrar como tiene que cerrar un menú degustación: con sabor, con producto y con intención.

Como en todo menú largo, hay platos que te vuelan más la cabeza que otros. Algunos destacan especialmente, otros quizá no conectan tanto… pero el nivel no baja. Solo cambia la intensidad.

La cocina es sólida, elegante y con personalidad. Sin postureo. Sin necesidad de justificar nada. Aquí hay cocina de verdad.

Pero si hay algo que redondea todo, es la sala. El servicio es impecable. De esos que hacen fácil lo difícil. Ritmo, atención, cercanía… todo en su sitio.

Y luego está la sumiller… y cuidado ahí. Porque no solo sabe (que sabe muchísimo), es que te lee. Entiende lo que te apetece incluso antes de que lo tengas claro tú. Y eso, en este nivel, marca la diferencia. Acierto tras acierto.

Sales con esa sensación de haber comido muy bien, de haber bebido mejor… y de haber estado a gusto de verdad.

En definitiva, Solana no es solo un restaurante al que volver… es de esos que te obligan a volver. Casi sin darte cuenta.

Yo, desde luego, ya estoy pensando en la siguiente.

Ygriego, Santander

Este pequeño local consigue precisamente eso: abrir una ventana a Grecia sin salir de la mesa. La experiencia es claramente internacional, con una cocina que invita a probar diferentes preparaciones tradicionales helenas, donde cada plato parece contar un trocito del Mediterráneo oriental.

En general, todo lo que probamos estaba francamente bueno. Sabores intensos, cocina reconocible y honesta, con ese punto casero que siempre se agradece. Especial mención merece el plato de embutidos, probablemente el más contundente de la comida. Potente, sabroso y muy bien equilibrado, de esos platos que llegan a la mesa con carácter y cumplen lo que prometen desde el primer bocado.

Si hay un hilo conductor en muchos de los platos, ese es el queso feta. A quien le guste lo va a disfrutar, porque aparece con generosidad. Quizá incluso demasiada, al menos para mi gusto personal. El feta es fantástico, pero cuando aparece en casi todo, acaba robando protagonismo a otros sabores que también merecen lucirse.

El local, por su parte, es pequeño, acogedor y con mucho encanto. Un espacio bonito, bien cuidado y con una atmósfera agradable. Además, el servicio fue de primera: cercano, atento y muy profesional, algo que siempre suma puntos en cualquier experiencia gastronómica.

La única pega, y no menor, está en el mobiliario. Las mesas altas con taburetes altos pueden funcionar bien para una copa o un picoteo rápido, pero para una comida tranquila resultan poco cómodas y terminan restando parte del disfrute.

En definitiva, un sitio que merece la pena conocer para descubrir su cocina y probar algunos de sus platos más representativos. Personalmente no creo que vuelva, principalmente por la incomodidad de las mesas, pero sí lo recomendaría a cualquiera que tenga curiosidad por la gastronomía griega y quiera vivir una pequeña escapada culinaria al Mediterráneo.

Acebuche: producto, técnica y una cocina que sabe lo que hace

En Zafra, tierra donde el ibérico no es un lujo sino cultura, hay restaurantes que viven de la fama del producto… y otros que entienden que el producto es solo el principio. Restaurante Acebuche pertenece claramente al segundo grupo.

Esta ha sido mi segunda visita en un año, una distancia temporal suficiente para comprobar si lo que uno recuerda era entusiasmo momentáneo o una cocina realmente sólida. La respuesta fue clara desde los primeros bocados: aquí hay criterio, producto y una idea de cocina bien definida.

Detrás del restaurante está una joven pareja: él argentino, ella de Zafra. Entre los dos sostienen sala y cocina con cercanía y buen pulso. Sin grandes gestos, pero con un nivel de atención que se agradece. No sorprende que el restaurante haya sido recientemente incorporado a la guía Macarfi, una distinción que suele señalar casas donde el trabajo bien hecho pesa más que el ruido mediático.

La comida comenzó con empanaditas argentinas de ternera extremeña y chimichurri. Pedí dos para probarlas y fue una buena decisión. Masa crujiente, relleno jugoso y un equilibrio de sabor muy bien afinado. Una empanada como debe ser: sencilla en apariencia, pero técnicamente impecable.

El jamón ibérico de bellota, en esta tierra, no admite demasiadas interpretaciones. Buen corte, grasa brillante y ese perfume profundo que sólo da la dehesa. Producto puro y respeto por él.

Uno de los platos más interesantes fue la ensaladilla con tartar de gambones. Sobre una base cremosa y bien trabajada aparecía un tartar de gambones con toques cítricos y una delicada salsa de marisco. El resultado era fresco, equilibrado y muy sabroso. Un plato que demuestra que incluso una ensaladilla puede jugar en otra liga cuando se piensa bien.

El vitel toné, reinterpretado con carpaccio de solomillo ibérico, aportaba un guiño evidente a las raíces argentinas de la casa. La salsa, bien afinada, evitaba la pesadez que a veces arrastra este plato, y las alcaparras fritas añadían el punto crujiente que completaba el conjunto.

El momento culminante llegó con la presa de bellota 100 % ibérica, unos 400 gramos de carne que aquí se tratan con el respeto que merece. La presentación sorprendía: colocada sobre una pequeña parrilla que parecía utilizada más para perfumar con humo que para cocinar. La carne llegaba en un punto perfecto, rosada, jugosa y con esa textura que solo ofrece un buen ibérico.

Acompañaban unas patatas y una crema que juraría era de hongos, aunque en ese momento no tomé nota. En cualquier caso, el conjunto funcionaba con precisión: acompañamientos discretos que dejaban que la presa fuese la protagonista absoluta.

Un detalle que conviene mencionar es el pan. Aquí no aparece como un mero acompañamiento. Pan de cristal, pan de queso y pan artesano, todos bien elaborados y con personalidad propia. Pequeños gestos que hablan del nivel de la casa.

El final dulce llegó con bizcocho húmedo, crema de queso fresco, melaza de limón y mantecol. Un postre refrescante y bien equilibrado, donde el limón aportaba frescura y la crema de queso suavizaba el conjunto. Un cierre elegante, sin excesos.

La comida estuvo acompañada por Mirto 2016, uno de los vinos más serios de Bodegas Ramón Bilbao, elaborado con tempranillo de viñas viejas en Rioja DOCa. La añada 2016 muestra un perfil profundo y equilibrado, con fruta negra madura, notas especiadas y una madera perfectamente integrada. Un vino con suficiente estructura para acompañar la presa ibérica sin perder elegancia.

La comida terminó, como debe terminar una buena mesa, con una copa de vino oloroso acompañando el postre y una sobremesa tranquila.

En un panorama gastronómico donde muchos restaurantes se pierden entre artificios y modas pasajeras, Restaurante Acebuche apuesta por algo mucho más difícil: cocinar bien y de forma constante.

Mi segunda visita confirma algo que no siempre ocurre en restauración: la regularidad. Y cuando un restaurante demuestra que sabe repetir el nivel, deja de ser una buena comida puntual para convertirse en un lugar al que merece la pena volver.

Y volveré.

Y ahora, para que se entienda aún mejor todo lo contado… os dejo algunas fotos de los platos.

Restaurante La Ventana

Fuimos dos personas a comer a La Ventana y, como la carta tenía varios platos que llamaban la atención, decidimos compartir cuatro para poder probar un poco de todo.

Empezamos con el tartar de pato, un plato muy bien trabajado: carne sabrosa, aliño equilibrado y buenas sensaciones desde el primer bocado.

Después llegaron los caracoles, con una salsa potente y un toque picante que les sentaba muy bien. Un plato correcto y disfrutable, de esos que apetece seguir mojando pan.

El siguiente pase fueron los callos con huevo poché. Estaban buenos, pero resultaron bastante suaves. Se echaba en falta esa textura gelatinosa y golosa típica del guiso tradicional, quedándose en una versión más ligera.

Cerramos la parte salada con el tataki de venado. La carne tenía calidad y buen punto, aunque la cantidad de salsa restaba protagonismo al sabor propio del venado, que merece brillar por sí solo.

En los postres, la mousse de limón con helado de mandarina aportó frescura y acidez agradable, especialmente para los amantes de los cítricos. Pero la gran sorpresa fue la tarta de queso: cremosa, intensa y muy lograda, uno de esos postres que invitan a repetir.

Todo ello lo acompañamos con un Ribera del Duero Pago de Valtarreña 2020, un vino que redondeó muy bien la comida y elevó la experiencia.

En conjunto, La Ventana ofrece una cocina cuidada y con buena materia prima. Algunos platos destacan claramente y otros agradecerían pequeños ajustes, pero la experiencia global es satisfactoria y recomendable para disfrutar de una buena comida en Santander.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar