Rte Mana Chef Alia …

Fuimos a Mana Chef Alia, en pleno Cáceres, con la idea de picar algo, no de sentarnos a un menú largo. El local tiene un aire moderno, cuidado sin caer en lo frío, y el servicio resultó cercano y profesional. Sí se notó cierta lentitud, seguramente porque había poco personal, pero lo compensaron con amabilidad y atención al detalle.

La propuesta gastronómica de este espacio en Cáceres no buscaba repetir lo de siempre. Cada plato tenía un guiño propio, un detalle que lo hacía especial y distinto, y esa fue precisamente la gracia de la experiencia.

El tataki de cerdo marinado en soja con salsa de mandarina jugaba al contraste: intensidad salada y umami frente a un frescor cítrico que limpiaba y equilibraba el bocado. No era solo un tataki correcto, era un plato pensado para sorprender.

Las croquetas de parrillada de carne con chimichurri se apoyaban en un formato clásico, pero lo llevaban a otro terreno. La textura era cremosa y la fritura, crujiente, pero lo diferente estaba en ese toque herbáceo y ácido del chimichurri, que rompía lo esperado y daba chispa al conjunto.

El tartar de salmón servido sobre tuétano a la brasa fue probablemente el más llamativo en presentación, con el hueso como base. Aquí la experiencia estaba en la combinación: el tuétano, graso y ahumado, frente al frescor del salmón, el aguacate y la cebolla. Una mezcla valiente, pensada para no dejar indiferente a nadie.

Al final, lo interesante de Mana Chef fue que no hubo un plato que eclipsara a los demás, sino que cada uno ofrecía un ángulo distinto: contraste, reinterpretación o riesgo. Todos tenían algo especial que los hacía memorables. Y eso es lo que convierte una cena en una experiencia que merece ser contada.

Torre de Sande …

Torre de Sande pertenece al prestigioso grupo Atrio, con el restaurante homónimo de tres estrellas Michelin como buque insignia. Precisamente por ello, uno llega con expectativas altas: un espacio elegante, elaboraciones más sencillas que en Atrio, pero siempre con un estándar de calidad incuestionable.

El entorno es agradable, con un servicio numeroso y un espacio cuidado que, de entrada, prometía. Sin embargo, la primera sorpresa fue comprobar que las únicas sugerencias fuera de carta eran ensaladas. Ningún producto especial, ningún guiño de nivel.

Las ostras cumplieron: frescas, sabrosas, sin más. El jamón fue la primera decepción: no fue el mejor del fin de semana, pero sí el más caro… y además servido en una ración escasa.

El ajoblanco resultó correcto, fresco y ligero. Los langostinos en tempura, en cambio, supusieron otro golpe a las expectativas: uno espera una cobertura crujiente con una salsa bien trabajada, y lo que llega es un cuenco con lechuga y unas bolitas pastosas que, en teoría, escondían langostino. Difícilmente defendible en un restaurante de este grupo.

El steak tartar llegó ya mezclado, plano de sabor, sin picante a pesar de haber preguntado cómo lo queríamos. Además, cortado a máquina en lugar de a cuchillo, lo cual es un error grave en un plato que vive del detalle y la textura. El pan de cristal que lo acompañaba no era tal, sino una baguette tostada muy fina: un gesto que parecía más atajo que propuesta.

La pluma ibérica llegó tan fina que terminó pasada de punto, acompañada de un parmentier correcto y una salsa verde sin definición clara. La pechuga de pato, al menos, estaba en su punto, pero repetía acompañamiento: el mismo parmentier y otra salsa insulsa. Lo más decepcionante fue la presentación: piezas de carne colocadas sin ningún cuidado, sin intención estética. Para un restaurante de este grupo, es un detalle difícil de justificar. El remate fueron unas patatas fritas servidas en un cubo, más propias de una hamburguesería descuidada que de un local que aspira a la élite.

En el apartado dulce, la tarta tatin fue un cierre desafortunado: una base excesivamente recalentada, abrasadora, con una compota de manzana sin matices. Terminó en el plato; lo único que se salvó fue el helado que la acompañaba.

El servicio fue correcto, pero frío, sin dejar huella. Y a todo ello se suma un detalle que descoloca: la oferta de vino por copas. En un restaurante que busca situarse en un nivel alto, esta práctica transmite más la idea de negocio rápido que de experiencia gastronómica.

Por último, la carta en sí misma necesita una reflexión: demasiado escueta, sin apenas descripciones. Cuando las elaboraciones no son especialmente complejas, lo mínimo que se espera es que se detallen ingredientes y conceptos. De haberlo hecho, habría evitado pedir platos que después resultaron decepcionantes, como el supuesto “tempura de langostinos”.

En definitiva, Torre de Sande es un restaurante que parece querer situarse en un nivel alto, pero no alcanza el listón. La falta de detalle en la carta, las presentaciones pobres y errores básicos en la ejecución generan una sensación clara: este no es el nivel que uno espera de un restaurante bajo el sello Atrio. Aquí, la promesa supera con creces a la realidad.

Restaurante Miga …

Miga lleva un par de años en Cáceres y ya tiene el nombre bien colocado. El local es moderno, agradable, de esos que transmiten que la experiencia va a ser buena. Eso sí, lo primero fue una pequeña batalla: intentaron sentarnos en la terraza, pero con el calor que hacía aquello era misión imposible. Preferí la sala interior y, la verdad, el servicio desde el principio fue muy correcto, incluso más cercano al de un restaurante de nivel alto.

La comida arrancó con un tartar de ibéricos con regañás, cortesía de la casa. Buen detalle y buen comienzo: sabroso, equilibrado, sin excesos.
Le siguió un jamón ibérico con regañás caseras, poco que añadir… cuando el producto es de calidad, el comentario sobra.

El gazpacho rústico cumplió perfectamente: fresco, con sabor limpio y bien elaborado. No soy fan del gazpacho, pero reconozco que estaba bien hecho y entraba de maravilla.

La parpatana de atún rojo de almadraba con escabeche de verduras fue de lo mejor de la comida. El punto del pescado, el toque del escabeche, todo estaba en su sitio. Un plato redondo.

El steak tartar de solomillo de vaca madurada, preparado en sala, fue otro acierto. La carne de calidad, bien aliñada y con esa puesta en escena que siempre suma.

Luego llegó la sorpresa fuera de carta: una corvina a la brasa con piñones. Muy sabrosa, con una salsa untuosa que la acompañaba de lujo. Un plato inesperado pero que encajó perfectamente en el menú.

La torrija de estraperlo fue un postre de los que dejan huella: crujiente por fuera, tierna por dentro, con sabores intensos que te hacen pedir otra.
El borrachito con fruta de temporada y helado de mandarina equilibró con frescura y un helado que no dejaba dudas de lo que era.
La tabla de quesos cerró la experiencia como tiene que ser: buena selección, bien afinados, con los acompañamientos justos.

Si los platos fueron buenos, los vinos hicieron que la experiencia subiera varios peldaños. Aquí entra en juego Elías, el sumiller, que no solo recomienda, sino que disfruta explicando y compartiendo.

El gran protagonista fue el Alunado de los Balancines 2017. Llevaba tiempo detrás de probarlo y no decepcionó: vino de producción limitada, profundo, elegante. Tan bueno que voló, y entonces entró en escena el Hacienda Monasterio 2022, que acompañó con solvencia el final de los principales.

Para los quesos apareció un Amontillado del Castillo de Lustau, viejo y con carácter, de esos que llenan la boca de matices. Y como guinda, desfilaron joyas inesperadas: un Tavreo dulce añejo de Tarragona, un espumoso Mélangé Brut Nature, y el broche fue un Guzoqia de 1998, de unas viñas ya desaparecidas. Un auténtico vino fantasma, imposible de volver a probar.

Conclusión

Miga ofrece cocina bien ejecutada, con platos que convencen y una bodega que sorprende, con un servicio de los que hacen la experiencia más grande.

En definitiva, Miga es una experiencia completa que merece contarse y, sobre todo, repetirse.

Quince Nudos – Un Sol Guía Repsol 2024: precisión y placer frente al Cantábrico

En pleno corazón de Asturias, Quince Nudos demuestra por qué luce con orgullo su Sol en la Guía Repsol 2024. Aquí no se trata solo de comer bien: es un viaje que combina técnica, producto y ese algo especial que hace que te marches pensando “ya volveré”.

El primer contacto con la mesa llega con una espuma de guacamole con perlas de salmón ahumado: ligera, fresca, y perfecta para abrir apetito. Un comienzo que no alardea, pero que deja claro que el chef sabe lo que hace.

Le sigue el salpicón de lubina en versión ceviche, y aquí no hay rodeos: fresco, con un picante justo y ese toque cítrico que levanta cualquier día gris. Sinceramente, rozando la perfección.

Los carabineros, de un tamaño que merece respeto, se presentan cocinados con precisión milimétrica. Nada de florituras innecesarias: pura esencia de mar. En cambio, las ostras con mantequilla y sidra de hielo son otro juego: sedosas, con un contraste ácido que realza el sabor a mar sin taparlo.

La caza llega con un tartar de venado clásico que no necesita trucos… salvo uno: un helado de mantequilla tostada que sorprende y conquista. Untuoso, aromático, y que junto al pan artesano convierte el plato en algo que recordarás.

La oreja de cerdo guisada es de esas que no necesitan presentación para los que saben. Melosa, sabrosa y con ese punto que solo se consigue cuando el cocinero tiene claro que lo bueno no se improvisa.

El arroz con pichón fue una apuesta, y acertamos de lleno. Sabor intenso, grano en su punto, y un fondo que pide silencio para poder disfrutarlo. Entre plato y plato, unos quesos cortesía de la casa, con un ahumado que dejó muy buen recuerdo.

En el cierre dulce, la tarta tatin de manzana estuvo correcta, aunque confieso que no soy de postres calientes. Muy distinta la experiencia con el volcán de chocolate blanco: cremoso, aromático, y de los que obligan a cerrar los ojos al primer bocado. El mantecado flambeado merece mención aparte: receta clásica, helado interior bien ejecutado y un merengue perfecto. A veces lo vintage también enamora.

Todo acompañado de un Cabernet Sauvignon de 2001 en magnum seleccionado por el sumiller. No nos equivocamos dejándonos llevar: un vino elegante, con cuerpo y matices que acompañaron todo el recorrido.

Quince Nudos no solo cuida el producto y la técnica: cuida al comensal. Aquí cada plato se sirve con intención, y eso se nota. Uno sale con el estómago lleno, la mente satisfecha y la sensación de haber vivido algo que merece contarse.

Restaurante la Molinuca

La experiencia empezó de la mejor manera: una tabla de quesos bien seleccionada —sabrosos, equilibrados, sin estridencias— acompañada de buena sidra natural. Un combo astur-leonés que nos metió rápido en ambiente. A partir de ahí, nos sentamos a la mesa con ganas de probar cosas.


La cecina de León cumplió con nota: sabor intenso, buen punto de curación, ni seca ni aceitosa. Agradable comienzo. Las croquetas variadas, sin embargo, se movieron en terreno irregular: algunas con buena bechamel y sabor definido, otras más planas o algo pasadas de punto. Estaban buenas, sí, pero no para aplaudir de pie. Digamos que hay margen para afinarlas.
Luego vino un capricho personalizado: pedimos la sartén de callos sin patatas —solo queríamos el alma del plato— y nos lo concedieron sin problema. Buen gesto para disfrutar de un buen plato, unos callos correctos, ninguna pega que poner.


El chuletón de buey, plato principal, se vendía a 110 €/kg. La pieza tenía calidad, el sabor era bueno, pero llegó ligeramente frío en el centro. Un par de minutos más en el fuego le habrían sentado de maravilla. No dijimos nada porque se dejaba comer con gusto, pero lo cierto es que el precio no se ajustaba del todo a la experiencia. Para los que tenemos rodaje con la carne, el equilibrio entre coste y placer aquí se quedó un poco corto.


Los postres caseros sí que fueron un cierre redondo: sabores auténticos, bien ejecutados, con cariño. De esos que te reconcilian con la sobremesa.
¿Lo mejor? El trato del servicio, cercano y atento, y la implicación del cocinero, que salió a saludar y comentar platos. Echamos en falta una bodega con algo de vino un escalón superior, par nada acompañó el chuletón. La experiencia fue buena y con potencial de ser mejor.

Localización

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