Casa Cirana …

Era la primera vez que visitaba este local, y aunque iba con buenas expectativas, debo decir que no solo no defraudó, sino que dejó ganas de volver. Cocina moderna, con producto bien elegido, platos equilibrados y una estética minimalista muy cuidada.

La experiencia arrancó con un detalle de la casa: purrusalda y mantequilla ahumada, un bocado cálido y sabroso, ideal para abrir el apetito con elegancia.

Seguimos con un chicharro en salazón con escabeche de calabaza y caviar de trucha. Un plato armonioso, con buen juego de texturas y sabores. Se notaban claramente todos los matices: salinidad, acidez, dulzor… muy bien pensado y mejor ejecutado.

Luego llegó la picaña de Tudanca ahumada con emulsión de anchoas. Producto de calidad, sin duda, aunque me pareció un plato que podría dar más de sí. Le faltaba un punto de intensidad o contraste que potenciara su sabor. Aun así, sabroso.

El siguiente pase, aunque no lo recuerdo del todo, consistía en guisantes con papada ibérica. Suaves, delicados, con esa untuosidad justa que aportaba la papada, elevando el plato sin que perdiera equilibrio.

La merluza al vapor con su propio pilpil fue, simplemente, espectacular. Ligera, sabrosa, con un pilpil fino que no enmascaraba el sabor del pescado. De esos platos que desaparecen del plato antes de poder hacerles una foto 😄.

Luego, un platazo curioso: callos de bacalao estofados con garbanzos. Un guiño entre mar y montaña que funciona gracias a su textura gelatinosa, el picante justo y ese sabor pegajoso que los verdaderos calleros apreciamos tanto.

El pulpo cocido en su propio jugo con col rizada fue otra sorpresa. Sabor profundo, cocción precisa, y ese punto de concentración que lo hacía muy especial. Sin florituras, pero con mucha intención.

Y como último pase salado, un lomo de ciervo de la tierra con reducción de Pedro Ximénez y lombarda con piñones. Plato potente, bien equilibrado y sorprendente, especialmente por la lombarda, que lejos de ser un acompañamiento de relleno, brillaba con luz propia.

Pasamos a los postres con un detalle que me pareció un acierto total: una pequeña degustación de quesos. Para mí, el queso debería ser obligatorio al final de cualquier comida, y aquí se agradece ese respeto por los sabores intensos también en el postre.

Y para cerrar, una mousse de queso fresco con emulsión de calabaza y canela. Sorprendente, suave, aromático y sabroso. Un final dulce sin empalagar, muy bien resuelto.

Todo el menú fue acompañado por dos vinos franceses recomendados por el dueño. Elegantes, fáciles de beber, y muy bien integrados con los sabores suaves y refinados del menú.

Para terminar: buen café y una copa de crema de orujo artesanal de un pequeño productor local. El broche perfecto a una experiencia gastronómica redonda.

Publicado por rikyphoto

Fotógrafo y critico culinario por afición.

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