Volver al restaurante Solana ya no es una casualidad, es casi una tradición. Tercera visita… y lo tengo claro: es uno de esos sitios a los que hay que venir, como mínimo, una vez al año. Sin pensarlo demasiado.
Hay restaurantes que sorprenden una vez. Otros, dos. Pero lo realmente complicado es mantener el nivel cuando ya sabes a lo que vienes… y aquí no fallan. Ni una.
Describir los platos con precisión es prácticamente imposible. No porque sean complejos sin sentido, sino porque tienen tantos matices que cualquier intento de explicarlos se queda corto. Son de esos bocados que no se cuentan, se viven. Y ya está.
Aquí no vienes a “entender” cada plato al milímetro… vienes a disfrutarlo. Y punto.
Y si hay algo que vuelve a confirmar esta tercera visita, es cómo está construido el final del menú. Porque aquí es donde realmente se ponen serios. Donde el menú deja de insinuar… y empieza a apretar.
El cimarrón y almendra ya empieza a marcar ese cambio. Más profundidad, más intención. A partir de ahí, el menú entra en otra fase.
La sopa de pescado es puro fondo. De las que no necesitan explicaciones: sabor limpio, concentrado, directo. Cocina de la que se apoya en el producto y en el trabajo bien hecho.
Y luego llegan los callos de bacalao. Aquí ya se ponen serios de verdad. Suaves, melosos, con esa textura ligeramente pegajosa que es puro disfrute. De esos platos que no son para todos, pero cuando te gustan… te ganan. Profundos, sabrosos y con mucha personalidad.
La lenteja beluga aporta ese giro interesante, más serio, más de cuchara reinterpretada, con carácter y elegancia. De esos platos que te obligan a parar un segundo y pensar.
Y entonces llega el ciervo. Y ahí ya no hay dudas. Potente, profundo, con ese punto salvaje bien domado. Es el broche perfecto para un final que está claramente pensado para ir creciendo, para ir apretando, para cerrar como tiene que cerrar un menú degustación: con sabor, con producto y con intención.
Como en todo menú largo, hay platos que te vuelan más la cabeza que otros. Algunos destacan especialmente, otros quizá no conectan tanto… pero el nivel no baja. Solo cambia la intensidad.
La cocina es sólida, elegante y con personalidad. Sin postureo. Sin necesidad de justificar nada. Aquí hay cocina de verdad.
Pero si hay algo que redondea todo, es la sala. El servicio es impecable. De esos que hacen fácil lo difícil. Ritmo, atención, cercanía… todo en su sitio.
Y luego está la sumiller… y cuidado ahí. Porque no solo sabe (que sabe muchísimo), es que te lee. Entiende lo que te apetece incluso antes de que lo tengas claro tú. Y eso, en este nivel, marca la diferencia. Acierto tras acierto.
Sales con esa sensación de haber comido muy bien, de haber bebido mejor… y de haber estado a gusto de verdad.
En definitiva, Solana no es solo un restaurante al que volver… es de esos que te obligan a volver. Casi sin darte cuenta.
Yo, desde luego, ya estoy pensando en la siguiente.
