Este pequeño local consigue precisamente eso: abrir una ventana a Grecia sin salir de la mesa. La experiencia es claramente internacional, con una cocina que invita a probar diferentes preparaciones tradicionales helenas, donde cada plato parece contar un trocito del Mediterráneo oriental.
En general, todo lo que probamos estaba francamente bueno. Sabores intensos, cocina reconocible y honesta, con ese punto casero que siempre se agradece. Especial mención merece el plato de embutidos, probablemente el más contundente de la comida. Potente, sabroso y muy bien equilibrado, de esos platos que llegan a la mesa con carácter y cumplen lo que prometen desde el primer bocado.
Si hay un hilo conductor en muchos de los platos, ese es el queso feta. A quien le guste lo va a disfrutar, porque aparece con generosidad. Quizá incluso demasiada, al menos para mi gusto personal. El feta es fantástico, pero cuando aparece en casi todo, acaba robando protagonismo a otros sabores que también merecen lucirse.
El local, por su parte, es pequeño, acogedor y con mucho encanto. Un espacio bonito, bien cuidado y con una atmósfera agradable. Además, el servicio fue de primera: cercano, atento y muy profesional, algo que siempre suma puntos en cualquier experiencia gastronómica.
La única pega, y no menor, está en el mobiliario. Las mesas altas con taburetes altos pueden funcionar bien para una copa o un picoteo rápido, pero para una comida tranquila resultan poco cómodas y terminan restando parte del disfrute.
En definitiva, un sitio que merece la pena conocer para descubrir su cocina y probar algunos de sus platos más representativos. Personalmente no creo que vuelva, principalmente por la incomodidad de las mesas, pero sí lo recomendaría a cualquiera que tenga curiosidad por la gastronomía griega y quiera vivir una pequeña escapada culinaria al Mediterráneo.







