La experiencia empezó de la mejor manera: una tabla de quesos bien seleccionada —sabrosos, equilibrados, sin estridencias— acompañada de buena sidra natural. Un combo astur-leonés que nos metió rápido en ambiente. A partir de ahí, nos sentamos a la mesa con ganas de probar cosas.


La cecina de León cumplió con nota: sabor intenso, buen punto de curación, ni seca ni aceitosa. Agradable comienzo. Las croquetas variadas, sin embargo, se movieron en terreno irregular: algunas con buena bechamel y sabor definido, otras más planas o algo pasadas de punto. Estaban buenas, sí, pero no para aplaudir de pie. Digamos que hay margen para afinarlas.
Luego vino un capricho personalizado: pedimos la sartén de callos sin patatas —solo queríamos el alma del plato— y nos lo concedieron sin problema. Buen gesto para disfrutar de un buen plato, unos callos correctos, ninguna pega que poner.



El chuletón de buey, plato principal, se vendía a 110 €/kg. La pieza tenía calidad, el sabor era bueno, pero llegó ligeramente frío en el centro. Un par de minutos más en el fuego le habrían sentado de maravilla. No dijimos nada porque se dejaba comer con gusto, pero lo cierto es que el precio no se ajustaba del todo a la experiencia. Para los que tenemos rodaje con la carne, el equilibrio entre coste y placer aquí se quedó un poco corto.


Los postres caseros sí que fueron un cierre redondo: sabores auténticos, bien ejecutados, con cariño. De esos que te reconcilian con la sobremesa.
¿Lo mejor? El trato del servicio, cercano y atento, y la implicación del cocinero, que salió a saludar y comentar platos. Echamos en falta una bodega con algo de vino un escalón superior, par nada acompañó el chuletón. La experiencia fue buena y con potencial de ser mejor.