Restaurante Miga …

Miga lleva un par de años en Cáceres y ya tiene el nombre bien colocado. El local es moderno, agradable, de esos que transmiten que la experiencia va a ser buena. Eso sí, lo primero fue una pequeña batalla: intentaron sentarnos en la terraza, pero con el calor que hacía aquello era misión imposible. Preferí la sala interior y, la verdad, el servicio desde el principio fue muy correcto, incluso más cercano al de un restaurante de nivel alto.

La comida arrancó con un tartar de ibéricos con regañás, cortesía de la casa. Buen detalle y buen comienzo: sabroso, equilibrado, sin excesos.
Le siguió un jamón ibérico con regañás caseras, poco que añadir… cuando el producto es de calidad, el comentario sobra.

El gazpacho rústico cumplió perfectamente: fresco, con sabor limpio y bien elaborado. No soy fan del gazpacho, pero reconozco que estaba bien hecho y entraba de maravilla.

La parpatana de atún rojo de almadraba con escabeche de verduras fue de lo mejor de la comida. El punto del pescado, el toque del escabeche, todo estaba en su sitio. Un plato redondo.

El steak tartar de solomillo de vaca madurada, preparado en sala, fue otro acierto. La carne de calidad, bien aliñada y con esa puesta en escena que siempre suma.

Luego llegó la sorpresa fuera de carta: una corvina a la brasa con piñones. Muy sabrosa, con una salsa untuosa que la acompañaba de lujo. Un plato inesperado pero que encajó perfectamente en el menú.

La torrija de estraperlo fue un postre de los que dejan huella: crujiente por fuera, tierna por dentro, con sabores intensos que te hacen pedir otra.
El borrachito con fruta de temporada y helado de mandarina equilibró con frescura y un helado que no dejaba dudas de lo que era.
La tabla de quesos cerró la experiencia como tiene que ser: buena selección, bien afinados, con los acompañamientos justos.

Si los platos fueron buenos, los vinos hicieron que la experiencia subiera varios peldaños. Aquí entra en juego Elías, el sumiller, que no solo recomienda, sino que disfruta explicando y compartiendo.

El gran protagonista fue el Alunado de los Balancines 2017. Llevaba tiempo detrás de probarlo y no decepcionó: vino de producción limitada, profundo, elegante. Tan bueno que voló, y entonces entró en escena el Hacienda Monasterio 2022, que acompañó con solvencia el final de los principales.

Para los quesos apareció un Amontillado del Castillo de Lustau, viejo y con carácter, de esos que llenan la boca de matices. Y como guinda, desfilaron joyas inesperadas: un Tavreo dulce añejo de Tarragona, un espumoso Mélangé Brut Nature, y el broche fue un Guzoqia de 1998, de unas viñas ya desaparecidas. Un auténtico vino fantasma, imposible de volver a probar.

Conclusión

Miga ofrece cocina bien ejecutada, con platos que convencen y una bodega que sorprende, con un servicio de los que hacen la experiencia más grande.

En definitiva, Miga es una experiencia completa que merece contarse y, sobre todo, repetirse.

Publicado por rikyphoto

Fotógrafo y critico culinario por afición.

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