Hay cenas que empiezan con una copa y terminan convirtiéndose en conversación.
La de anoche en El Muelle, en pleno Barrio Pesquero, fue exactamente eso.
La propuesta era sencilla sobre el papel: una cena maridaje alrededor de “Primero”, de Bodegas Fariña, recorriendo distintas añadas desde 2025 hasta 2020. Pero lo interesante apareció cuando la mesa empezó a comparar copas, aromas y recuerdos entre botella y botella. Y ahí pasó algo curioso: aunque muchos defienden que este vino está pensado para beber joven, la mayoría coincidíamos en lo mismo… los años le estaban sentando demasiado bien.

Cada añada cambiaba el carácter del vino. Algunos más frescos y directos, otros más redondos, profundos y serios. Una especie de viaje tranquilo donde el vino iba perdiendo prisa y ganando personalidad.
La cocina acompañó con inteligencia y sin artificios.
Los bocartes rebozados llegaron suaves, frescos, con un rebozado ligero de los que invitan a repetir sin darte cuenta. Y se repitió, claro.
Después apareció una fideuá de verduras y chistorra con bastante más fondo del que uno espera en este tipo de cenas. Potente de sabor, bien trabajada y con ese punto de cuchara camuflada en plato marinero que obliga a bajar el ritmo y centrarse en lo que tienes delante.





El solomillo, acompañado por salsa de queso picón, fue probablemente el plato más redondo de la noche. Carne hecha con precisión, jugosa, y una salsa intensa pero sin atropellar al producto.
La tarta templada de dos chocolates cerró la parte gastronómica jugando claramente a favor de los muy chocolateros. Intensa, contundente y golosa. Quizá demasiado chocolate para algunos, aunque imposible negar que estaba realmente buena.




Y cuando parecía que la noche ya había dicho todo lo que tenía que decir, apareció el Moscatel Promesa de Valdespino.
Dulce, aromático y elegante, sin resultar pesado. De esos vinos que no necesitan levantar la voz para quedarse al final de la conversación. Un cierre perfecto para una cena pensada más para disfrutar que para analizar.
Y luego estaba el ambiente.
Copas llenándose constantemente, etiquetas convertidas casi en piezas de arte sobre la mesa, comentarios cruzados entre añadas y esa sensación tan difícil de fabricar: la de estar cenando sin mirar el reloj.
No fue una cena técnica.
Fue una cena de disfrutar. 🍷